LA IGLESIA FRENTE A LA MODERNIDAD
I.
LA MODERNIDAD:
Es indudable que nos hallamos ante un momento
de cambio. Ya el Concilio Vaticano II,
hace cuarenta años, reconocía que «la humanidad vive un período nuevo de la
Historia». El proceso de cambio no ha dejado de acelerarse en estos últimos
decenios. Nos dirigimos hacia una sociedad donde resulta complejo encontrar a
Dios, aun cuando la mayor parte de la sociedad se declare creyente.
La pregunta que surge inevitablemente es si
en este nuevo escenario habrá sitio para la Iglesia, o si habrá aún fe en la
tierra en este nuevo milenio.
Romano Guardini, en un penetrante análisis
publicado en Würzburg en 1950 siendo joven estudiante de teología,
diagnosticaba:
«La imagen del mundo de los tiempos modernos
se deshace. Aparece una nueva cultura no cristiana está en proceso de
elaboración; ¿De qué tipo será la religiosidad de los tiempos
que vienen?... La manifestación violenta de la existencia no cristiana será más
importante que todo (...) Se
desarrollará un nuevo paganismo, pero de carácter distinto al
primero (...) La
soledad de la fe será terrible (...) Nuestra existencia se enfrenta a una opción absoluta con
todas sus consecuencias: las más grandes posibilidades y los peligros extremos”.
Frente a este escenario que se perfila en el
horizonte con rasgos cada vez más precisos, la actitud más frecuente suele ser
la de aquellos que San Juan XXIII, denominaba, profetas de desventuras, quienes
«creen ver sólo males y ruinas en la situación de la sociedad actual. Repiten
constantemente que nuestra época va de mal en peor en comparación con el
pasado. Nosotros opinamos de modo muy diferente de estos profetas
de calamidades que presagian la desgracia como si fuera inminente la ruina del
mundo». Ya San Agustín, con su habitual astucia, corregía a sus
contemporáneos, que se lamentaban de los tiempos que les habían tocado vivir,
tiempos de invasiones bárbaras y de caída de un imperio, y que añoraban tiempos
pasados.
Qohélet, con su peculiar escepticismo, afirma: «No preguntes por qué los
tiempos pasados eran mejores que los de ahora. Eso no lo pregunta un
sabio». Y el cardenal Newman, por su
parte, decía que cada siglo es semejante a los otros, pero a los que lo viven
les parece peor que todas las épocas precedentes. Y concluía diciendo, por lo
que se refiere a la suerte del cristianismo, que la causa de Cristo agoniza
siempre.
No tiene sentido, pues,
andar comparando los tiempos presentes con los pasados ni medir a la generación
actual con la anterior. Siempre se tendrá la impresión de que empeora. En lugar
de lamentarse añorando los felices tiempos pasados, la Iglesia ha reaccionado
siempre con un gesto audaz, lanzándose a evangelizar los tiempos nuevos que le
ha sido dado vivir.
Para Ozanam la Iglesia desde sus orígenes no
ha cesado de aceptar los desafíos que cada época de cambio le ha lanzado. Así
sucedió en los tiempos de San Agustín, cuando la Iglesia, ligada al Imperio
Romano desde los tiempos de Constantino, mientras lo veía derrumbarse bajo los
golpes de los bárbaros, supo ir con audacia evangélica al encuentro de los
invasores germánicos y convertirlos a la Buena Noticia del Evangelio. Porque por encima de la
distancia temporal que separa ambas épocas, hay una especie de parentesco
espiritual que las une. La nueva fe propuso un modo diverso de vivir el tiempo,
de pensar las relaciones familiares, de concebir la muerte y el más allá. En
plena crisis del Imperio Romano y mientras va surgiendo una nueva religiosidad,
la fe en Cristo, en virtud de su novedad, satisface las aspiraciones más
profundas del espíritu, tanto en la relación con Dios como en las relaciones humanas.
Este es el encuentro histórico en que nos
encontramos. Después de años de confrontación con los movimientos culturales e
ideológicos que han transformado profundamente el mundo en los últimos
trescientos años, la Iglesia ha superado a los bárbaros con el Concilio
Vaticano. El Concilio ha sido el intento de reconciliar a la Iglesia en su apertura al mundo de hoy, no ha hecho
sino un poderoso esfuerzo de discernimiento para tratar de acoger cuanto de
bueno y positivo ha creado nuestro mundo, recorriendo a veces caminos lejanos
de la Iglesia. No significaba la renuncia a la pretensión de Verdad, a la que
la Iglesia no puede renunciar, sino al contrario, reconocer que en el hombre,
aun herido por el pecado original, resplandece siempre algo de la imagen que
Dios ha impreso en él, y es, por tanto, capaz, aunque limitadamente, de verdad,
de belleza y de bien.
Pablo VI resumió esta actitud en su célebre
discurso de Clausura del Concilio, magnífica pieza oratoria y verdadero
programa para la Iglesia:
“La Iglesia, decía, se ha ocupado, sí, no
sólo de sí misma y de la relación que la une con Dios, sino del hombre tal y
como se presenta: el hombre vivo, el hombre todo ocupado de sí mismo. La
religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión —pues
tal es— del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un encuentro, una
lucha, un anatema? La antigua historia
del Samaritano ha sido el paradigma de la espiritualidad del Concilio.
Actividad
Grupal:
1. Elabora
un cuadro sinóptico sobre
2. Qué
es el Concilio Vaticano II?
3. A
qué se llama paganismo?
4. A
qué llamó Juan XXIII, “profetas de desventuras”?
5. El
Cardenal Newman, concluyó sobre cada tiempo aparecido: “la suerte del cristianismo, que la causa de Cristo agoniza siempre”. Qué
quiso decir el Cardenal?
6. Cómo
ha reaccionado la Iglesia frente a los tiempos nuevos que le ha tocado vivir?
7. Ofrezca
un ejemplo de la reacción de la Iglesia frente a los cambios de tiempo?
8. Qué
intentó el Concilio Vaticano II?
9. La
frase del Papa Pablo VI: “La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la
religión del hombre que se hace Dios”. Cómo entiendes esta expresión?
10.
La antigua historia del Samaritano ha sido el
paradigma de la espiritualidad del Concilio. Por qué Pablo VI compara al
Concilio con el Buen Samaritano?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario