I. POSTMODERNIDAD
En los comienzos de la
década de los 80, se da el inicio de una nueva etapa en la historia que, a
falta de mejor etiqueta, denominaremos post-modernidad.
La Iglesia ha venido así a
encontrarse en la paradójica situación de salvadora de la modernidad, según el
paradigma del Samaritano, precisamente cuando acababa de reconciliarse con
ella. Parece que se hubiera cumplido una vez más la famosa observación del
sociólogo norteamericano Peter Berger: quien se desposa con el espíritu de los
tiempos, bien pronto se quedará viudo.
La condición post-moderna, es la negación de los absolutos que
fundamentan la modernidad (razón, ciencia, técnica, revolución, estado, moral,
religión, partido, clase social o raza), y la renuncia, ante todo, a la verdad,
sustituida por el pensamiento débil, un conocimiento parcial, errático,
fragmentario.
El hombre postmoderno de la época
de la televisión digital y satelital, la era de Internet, pierde la noción de
discurrir en virtud de la simultaneidad, y con ella, la memoria de los
acontecimientos.
Esta es la nueva época en
la que la Iglesia tiene que dar una vez más el paso hacia los bárbaros, en un
gesto audaz y lleno de espíritu evangélico.
Cuáles son las esperanzas,
a veces ocultas, de los hombres de nuestro tiempo, a las cuales el Evangelio
puede dar respuesta, más aún, la única respuesta posible. Podemos identificar
siete grandes desafíos para la Iglesia en este comienzo de milenio.
La post-modernidad se
caracteriza por la aparición de una nueva racionalidad. La razón autónoma. El
hombre postmoderno es hedonista y consumista, como le enseña el sistema.
Nuestro hombre compra cada mañana una cosa nueva y a la tarde la tira porque es
vieja. Prefiere un pensamiento débil y fragmentario que no le comprometa a
nada.
Es precisamente en la
concepción de la verdad y de la razón donde con mayor fuerza se deja sentir la
crisis de la post modernidad, contentándose con verdades parciales y
fragmentarias.
El cristianismo, en cambio,
se presenta con algunas exigencias filosóficas irrenunciables, que Juan Pablo
II ha expuesto en la encíclica Fides et Ratio (fe y
razón). La religión del Logos encarnado no puede
renunciar a la razón y a la pretensión de hallar la verdad toda entera. En el Evangelio de Juan 16, 13 dice: “Y cuando
venga El, el Espíritu de la Verdad, los llevará a la verdad total”. El
cristiano no puede renunciar al anuncio de la verdad, convencido de que la
necesidad más radical del hombre es saciar el hambre de verdad, y que la peor
forma de corrupción es la intelectual, que aprisiona la verdad en la
injusticia, llamando al mal, bien e impidiendo el conocimiento de la realidad
tal y como es.
¿Cómo reconciliar la religión del Logos encarnado, cuya
pretensión fundamental es la de ser religio vera (si la religión es la
verdad), con una cultura que ha renunciado a toda pretensión de
conocer la verdad?. Este es el desafío que tenemos planteado: no
ya la verdad, sino una cultura de la verdad. En esta cultura de la verdad, es
posible reconciliar la razón y el sentimiento que la postmodernidad juzga
incompatibles. Y así, paradójicamente, San Agustín se vuelve más actual que
nunca, al realizar en su vida la unión entre la verdad y el sentimiento.
Agustín dice «ve adonde tu corazón te lleva» —como reza el título de la novela
de Susanna Tamaro—, «es decir, hacia la verdad».
Íntimamente vinculado al
desafío anterior está el que constituye anunciar a Jesucristo en una era de
religiosidad salvaje. Se ha hablado mucho en los últimos tiempos del «retorno
de Dios», como si Dios hubiera estado alguna vez lejos del mundo y del
hombre. La cuestión no está en saber si
nuestro tiempo creerá o no, sino en qué creerá. La post-modernidad representa el regreso triunfal de los dioses. No del
Dios personal que se ha revelado en Jesucristo, sino de los “dioses”; como la magia, el ocultismo y el preocupante
aumento de las sectas satánicas. Umberto Eco, tiene razón cuando cita al gran
Chesterton para describir la paradoja actual: «Cuando los hombres dejan de
creer en Dios, no es que no crean en nada. Creen en
cualquier cosa.
Se trata del regreso de una
religiosidad salvaje, que el cardenal Lehmann ha definido «teoplasma», una
especie de plastilina religiosa a partir de la cual cada uno se fabrica sus
dioses a su propio gusto, adaptándolos a las necesidades propias.
Se plantea ante nosotros el
desafío: ¿cómo anunciar en medio de este
escoria religiosa, en el gran supermercado del bricolaje religioso, a
Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que ha dejado la Iglesia en la tierra
como signo y continuadora de su misión entre los hombres? Aquí es donde se
requiere toda la audacia del evangelizador, como lo puede ser el
diálogo, como actividad inteligente, según la llamaba Pablo VI, es un camino
hacia la verdad, a la que se llega a través de la experiencia del encuentro
entre personas, y cuanto mayor y más profunda sea la experiencia de Dios de
quienes dialogan, tanto mayores cotas de autenticidad alcanzará. El diálogo
no puede nunca renunciar a presentar a Jesucristo buscando hacerse aceptar más
fácilmente.
El tercer gran desafio de nuestra época tiene como
objeto directamente al hombre. El inicio del Milenio nos sorprendió con el
anuncio oficial hecho por F. Collins y C. Venter, del desciframiento completo
del genoma humano. Unos meses después llegan voces confusas de que en algunos
centros de investigación se han modificado genéticamente algunos embriones
durante el proceso de fecundación ¡n vitro. Debemos rendirnos a la evidencia: la donación reproductiva de seres humanos es técnicamente posible, y
será muy difícil evitar que algún grupo de científicos, empujados por un deseo
prometeico de traspasar una frontera hasta ahora considerada inviolable, se
decidan a donar un gen humano. Esto no ha logrado impedir la
difusión de una mentalidad que considera al hombre como objeto, y no
como sujeto, y por tanto, capaz de ser manipulado o modificado para adaptarlo a
los estándares de producción.
Está por otra parte la
desintegración del modelo familiar. La aprobación de leyes reguladoras de las
parejas de hecho en toda Europa, y cuyo último e inconfesado fin es el de
equiparar las uniones entre homosexuales al matrimonio monoparental. El
aumento espectacular de matrimonios deshechos, de uniones irregulares, con
hijos procedentes de diversos padres... todo tiene un profundo impacto en la sociedad.
Cada uno configura su propia orientación y comportamiento sexual libremente,
sea heterosexual, homosexual o bisexual, como un derecho ejercido libremente.
Y al mismo tiempo, la presión será cada vez mayor contra quien
ose desafiar la medida social impuesta, es decir, contra las familias:
unidas, estables y abiertas a la vida, desde su concepción hasta su fin
natural.
El desafío a enfrentar es saber cómo hace la
iglesia para defender la familia cristiana y denunciar con el 6to mandamiento
en mano que hay conductas contrarias a lo que Dios quiere y que cada vez parece
que fuera normal llevar una vida sexual
libertina. A este
hombre del siglo XXI, prófugo, vagabundo de afecto, es a quien hay que anunciar el misterio de la íntima comunidad de personas en Dios
Trinidad, la Encarnación del Hijo en el seno de una familia.
¿Cómo ser cristiano en un
mundo globalizado? Un vistazo somero a los periódicos y a las
agendas culturales nos confirma que «globalización» es la palabra de moda en
los foros y seminarios de discusión internacional. La globalización económica
y cultural es un fenómeno sumamente complejo que estamos tratando de descifrar.
Prueba de esta complejidad procedentes de todo el planeta, y ello gracias al
principal motor de la globalización, que es la Internet.
Por eso el juicio acerca de la globalización ha de
ser prudente. Contiene elementos muy positivos, que facilitarán enormemente el
intercambio entre pueblos diversos, y también —¿por qué no?— el anuncio del
Evangelio.
Para la Iglesia, el
compromiso principal en la hora actual está en la defensa de los débiles,
especialmente de los nuevos esclavos que la globalización está produciendo.
Estamos ante un fenómeno migratorio sin precedentes en la historia de la
humanidad. El descenso de la natalidad en Europa y el aumento de la demanda de
mano de obra, hacen necesaria la llegada de trabajadores extranjeros. Según
datos recientes, se calcula que para el año 2050, un país como España tendrá
cerca de 13 de millones de trabajadores extranjeros.
La experiencia de los
errores del pasado debería ayudarnos a no ignorar el drama de los millares de
trabajadores que cruzan cada mes la frontera o el océano buscando simplemente
huir del espectro del hambre. ¿Sabrá la Iglesia estar al lado de los nuevos
esclavos del siglo xxi? ¿Pasará la Iglesia del siglo xxi a estos nuevos
bárbaros, y dar lugar a una nueva síntesis capaz de fecundar con nuevos valores
la cultura europea decadente? He aquí el desafío.
Esto nos lleva directamente
a otro gran compromiso de la hora actual: la presencia de la Iglesia en una
sociedad multicultural y pluralista. El imparable flujo de emigrantes
procedentes de ambientes culturales diferentes, no sólo provocará un profundo cambio
social, sino también cultural. El respeto a la identidad cultural de los recién
llegados no puede ponerse en discusión.
El mensaje de Año Nuevo del
Santo Padre, dedicado precisamente al diálogo entre las culturas, ofrece al
respecto pautas iluminadoras. Nos exige ser a la vez audaces en el diálogo
intercultural, sin renunciar a la propia identidad. Un país que renuncia a su
propia memoria colectiva, está condenado a vivir bajo la dictadura
de lo social, que es el imperio del presente, en el que los muertos no tienen
voz y sólo cuentan los vivos. De todas las necesidades del alma humana
—escribe Simone Weil—, ninguna es tan vital como el pasado, que no consiste en
querer vivir en otra época, sino en conservar un vínculo y escapar a la tiranía
del presente.
Cuando a la base del modelo
pluralista existe únicamente una concepción relativista de los valores, la
democracia se ve amenazada en sus mismos fundamentos. La democracia tal y como
la conocemos, ha surgido sobre la base de un sistema de valores impregnado, en
mayor o menor medida, por una concepción cristiana del hombre y de la sociedad.
Nuestras democracias en Europa están enfermas, precisamente por su patética
desvinculación del sistema de referencia a partir del cual han sido engendradas.
Es urgente devolver un alma a nuestras democracias, propiciar un profundo
rearme ético que tenga en cuenta sus raíces profundas. La Iglesia, como
experta en humanidad y conocedora a fondo del corazón humano, tiene mucho que
decir en la tarea de formar una conciencia cívica y política. No es el sueño
nostálgico de un protagonismo perdido, sino la conciencia del papel que tiene
que desempeñar en el sistema democrático.
Llegamos
así a la revolución informática, que está transformando a marchas agigantadas
nuestro modo de acceso al mundo. En muy pocos años, hemos asistido a un
desarrollo impresionante de las técnicas de comunicación a distancia, y a la
creación de una red mundial, Internet. Paul Ricoeur, el infatigable buscador
del sentido de las cosas, hace un diagnóstico implacable del mal de nuestro
tiempo: hay una hipertrofia de los medios y una atrofia de los fines. Hay
demasiados medios para los escasos y raquíticos fines que se proponen en
nuestra sociedad. Tenemos mucha información, sabemos más, pero esta
información no nos hace más sabios, ni por tanto, mejor.
La Iglesia vive en este
mundo, usando estos medios de comunicación. No puede prescindir de ellos, pues
su misión primera y esencial es comunicar una Buena Noticia. Es posible
establecer una simbiosis fecunda en la que la Iglesia del recuerdo, de la
sabiduría y del gozo puede salvar a los medios de la transitoriedad, la dispersión
y el ocio sin sentido; y a su vez, los medios pueden aportar a la Iglesia
frescura, atención al mundo contemporáneo y un modo atractivo y agradable de
comunicar el anuncio de Jesucristo. La Iglesia, que es comunicadora
por excelencia, puede aprender mucho de los medios de comunicación. Los
medios, que viven de lo temporal, pueden aprender de la Iglesia, que es
experta en humanidad.
El desarrollo de la
economía y el agotamiento de ciertos recursos naturales han colocado en primer
plano la urgencia por la conservación del medio ambiente. El cambio climático,
el efecto invernadero, el avance de la desertización, han dejado de ser
problemas teóricos para convertirse en una preocupación de todos. Es una nueva
conciencia ecológica, llena de incoherencias, pues al mismo tiempo que nos
preocupa la contaminación y pérdida de ambientes naturales, y soñamos con el
encanto de una vida en contacto con la naturaleza, estamos dispuestos a hacer
bien poco por renunciar a las comodidades responsables del desgaste medioambiental:
no queremos renunciar a las autopistas, ni a la calefacción en invierno, ni al
aire acondicionado en verano.
Para la Iglesia, esta nueva
conciencia ecológica es un desafío y una oportunidad: conducir al hombre hacia
la trascendencia, enseñándole a recorrer el camino que parte de la experiencia
de la creación y desemboca en el conocimiento del creador, superando la
tentación de divinizar la Tierra. La Escritura y el ejemplo de algunos santos,
cuyo paradigma es San Francisco de Asís, ofrecen puntos de apoyo para esta
evangelización de la ecología.
¿Cuál ha de ser la
respuesta de la Iglesia ante estos desafíos?
¿Cómo aprovechar las nuevas circunstancias para anunciar a los hombres
a Jesucristo? La respuesta viene
dada por la palabra santidad.
Bien entendido significa
que el principal desafío para la Iglesia no está fuera, sino dentro de ella
misma. Su tarea principal, antes que cualquier otra, es acoger el Evangelio con
más fidelidad, con más radicalidad aún, dejarse purificar por la Palabra de
Dios. La Iglesia del siglo XXI, ha de ser sobre todo cristiana, es decir, más
de Cristo. Naturalmente, al hablar de santidad, se trata de la respuesta
personal de los hijos de la Iglesia a la Palabra de Dios. Antes que
preguntarnos por la adopción de nuevas estrategias, la
creación de nuevas estructuras, tenemos todos que hacer una humilde confesión
de culpa y emprender el camino de la propia conversión.
San Juan de Ávila un hombre
del Post-concilio reformador de la Iglesia en España, escribía en sus
memoriales al Concilio de Trento que los sabios decretos de reforma promulgados
por el Concilio servirían de bien poco sin hombres reformados interiormente
que los llevaran a cabo. Por eso se ha hablado también en el Consistorio de la
urgencia de transformar la Iglesia, no sólo en una Iglesia para los pobres,
sino en una Iglesia pobre, es decir, más confiada en la fuerza del Espíritu
Santo y apoyada en su acción que en sus propios métodos, estructuras e
instituciones. Una Iglesia pobre, que no renuncia a usar los medios que Dios le
da para desempeñar su misión, pero no pone en ellos su esperanza ni su
salvación.
No nos es dado hacer profecías respecto al futuro.
No sabemos si nos aguarda una nueva era martirial, o si conoceremos una nueva
primavera de fe en nuestros tiempos. La fe no
conoce un progreso lineal de una época a otra. En cierto sentido, en cada
generación la fe es la semilla de mostaza insignificante y siempre amenazada.
Cuenta sin embargo con la presencia de su Salvador y del Espíritu Santo, que
no deja de suscitar nunca nuevos santos, hombres y mujeres que aportan
soluciones nuevas y creativas a los desafíos de su tiempo. Esta es la fuerza y la esperanza de la Iglesia, la victoria que vence
al mundo: nuestra fe. La fe que devuelve la vida a los muertos, hace ver a los
ciegos y caminar a los paralíticos, la fe que cura los corazones desgarrados y
da una palabra de aliento al abatido.
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